Resistir: la enseñanza de los pueblos originarios

Oigamos y aprendamos de los científicos y los académicos. De los políticos que no nos convencen, ya venimos dudando desde hace mucho tiempo. Oigamos y aprendamos también de las jóvenes generaciones, en sus distintas expresiones, oigamos a los ancianos que vienen guardando en su cuerpo y en su corazón el paso cansino por este mundo.

Pero el tiempo actual, el de la pandemia del covid 19, nos reclama que pongamos atención a las voces más respetables y admirables (pero no por eso, las más valoradas o atendidas por los poderes dominantes). Oigamos a los pueblos originarios. Aprendamos de ellos en estos tiempos difíciles.

Son muchas las lecciones que podríamos aprovechar y convertir en prácticas y hábitos de vida. Pero en este artículo quisiera quedarme en una: la resistencia.

Quienes hemos tenido la dicha de escuchar o saber sobre las posturas y actitudes de los pueblos indígenas en América Latina, sabemos que no hemos escuchado ni el terror ni los miedos ni la desesperación de los pueblos urbanos. Su vinculación y pertenencia a la naturaleza, concretada en una vida cercana a los bosques, los ríos, los lagos, la tierra, los animales y todos los recursos naturales que han venido defendiendo, también les ha permitido tener otra forma de ver, comprender y actuar ante la pandemia.

“Hemos resistido, durante siglos, todo tipo de problemas o situaciones, causadas por la Madre Naturaleza o por los poderes humanos. Este covid también lo podremos resistir”. Esta es una expresión que refleja el sentimiento de resistencia ante los embates naturales o sociales que sufren los pueblos indígenas en América. Tómese en cuenta que las distintas invasiones que en más de 500 años los pueblos originarios han tenido que soportar, no han sido capaces de destruir la cosmovisión, el sentido comunitario, las ansias de justicia y dignidad, las reivindicaciones.

Resistir con dignidad, con vida, con integridad, ¡y hasta con una sonrisa!, ha sido la principal capacidad que los pueblos originarios han venido profundizando en su historia y que, en estos tiempos de pandemia, vale la pena que otros pueblos la aprendan.

Las mujeres y hombres de los distintos pueblos originarios (en el caso de Guatemala, esto es maravillosamente muy diverso), saben que no es el virus el causante de sus grandes problemas y penas, sino que es la exclusión, el enfoque de Estados que no se fundan en la diversidad y la multiculturalidad, así como la actitud social de discriminación y racismo. Todo esto los pueblos originarios lo han resistido durante la historia de nuestros países.

Resistir al covid 19 no será, entonces, algo muy nuevo. Quizá las condiciones, los controles y restricciones, lo global del asunto, la particularidad del contagio, puedan ser novedades. Pero la resistencia les viene permitiendo superar cosas peores. Y resisten sin abandonar visiones, conceptos, formas de ver la vida. Sin perder su sentido de comunidad, su vinculación espiritual con la Madre Naturaleza. Sin dejar de ser solidarios entre sí y con otros. Y, sobre todo, resisten sin grandilocuentes discursos o poses entrenadas. Con una sonrisa, con una palabra de esperanza, con un gesto de apoyo, con unas credenciales de lucha histórica innegable, los pueblos originarios nos ofrecen lecciones y aprendizajes valiosos y significativos para enfrentar y vencer esta pandemia.

Y quizá así puedan ser creados otros diálogos, otros encuentros, otras formas de compartir la visión sobre el mundo y podamos construir otras relaciones entre pueblos. La “nueva normalidad” debe ser “otra normalidad”. Esa en la que todos, individuos y pueblos, nos sintamos incluidos y responsabilizados por el mundo en que vivimos.

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